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Desde edad muy tierna, consagró su juventud y su existencia
entera al
cumplimiento del deber, hacia la gran obra regeneradora de la Humanidad.
Las cualidades de belleza que adornaban al señor Cueto
eran poseer un espíritu templado, un carácter contemporizador,
sincero, bueno, noble, respetuoso, humilde y enteramente varonil.
La
Misión que le fue encomendada por Dios, fue cumplida por
El, con toda fidelidad. Fue el resguardo de la Gran Instructora,
nuestra Madre María; fue su representante ante la
justicia de la ciudad y de la campaña. ¡Cuántos
vaivenes ha tenido que soportar el señor Cueto para cuidar
la preciosa vida de la Madre María!
A ese hombre, varón templado en la lucha, debemos la existencia
de la gran religión de la Regeneración Espiritual
de la Humanidad, que la Madre formó. El ha sido durante
largos años el acompañante sincero y fiel de la Madre
en el desempeño que la Gran Maestra hizo de su delicada misión,
custodiándola también en las largas giras que realizó
a través de varias provincias de la Nación Argentina.
El supo cuidarla con celo, exponiendo a veces su propia existencia.
¡Cuántos nubarrones y qué grandes temporales
ha sabido capear como gran timonel! Y los que quedan aún!...
Pero, ¡No importa! Alzando la vista al cielo sabemos que están
Dios y la Madre María, la Divina Providencia que son
los que van a la cabeza del batallón de la obra regeneradora.
Al mismo tiempo, Ellos abren brechas y nos dan paso para cumplir
nuestra misión en la tierra, al representante y a los apóstoles.
Por su carácter decidido y por sus propios esfuerzos, el
señor Cueto mereció la designación por la voluntad
de Dios y la Madre de ser representante de la Obra Regeneradora,
que lleva por lema: "Misión Cristiana de Dios por la
Madre."
Muy grande ha sido la tarea que en la Misión de la Madre
tuvo a su cargo el señor Eleuterio Cueto que fue y es de
la magna obra: El eterno guardián.
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