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LO PROPIO Y LO EXTRAÑO

por la Comisión de Prensa

 

La carga propia es nuestra imperfección; la otra carga es la que nos viene del exterior, o sea del mundo espiritual que no alcanzamos a ver, pero que sentimos en toda forma; más, cuando le damos facilidad al mal ya que el pensamiento lleva y trae, hace y manda hacer.

Decía nuestra Madre: "Hijos, no hagan mal ni con el pensamiento para que no recaiga sobre vosotros mismos: En esto, está el principal motivo de nuestro recargo espiritual."

"Hijos, aquellos que dejaron el cuerpo, a dónde queréis que vayan, sino con vosotros que tenéis el cuerpo?" y agregaba: "Tal vez aquél que más os quiere es el que más os hará sufrir."

El mal tiene también a su servicio espíritus esclavos, que obedecen ciegamente a lo que el mal le manda hacer, y así, vienen de a uno o en avalancha a tentarnos para apartarnos del camino de Dios, esa es la obra del mal.

Si observamos lo que nos ocurre a nosotros o a nuestros semejantes, nos daremos cuenta de la necesidad que tenemos, de allegar luz a nuestros espíritus, instruyéndonos en la Ley Divina, para podernos defender de las maldades de la vida: Quién esto practica, ese, es el verdadero rico.

No tenemos que dejar que nuestro carro se cargue demasiado; por eso decía la Madre "Hijos, después venís a mí cuando os encontráis bastante cargaditos, eh?"


Estas impresiones y sensaciones que sentimos a diario, que nos ocasionan molestias, muchas veces muy pesadas de sobrellevar, que vienen del espíritu, pero que sentimos en nuestros cuerpos y nos damos cuenta que son anormales, raras, es lo que llamamos carga, como nos enseñaba nuestra grandiosa Maestra "Hijos, muchas veces sin razón aparente de ser, pero que tienen su motivo en que no alcanzamos a percibir cuál es la causa, sufrimos angustias, tristezas, ideas de estar enfermos, insomnios, creemos que todos están mejor que nosotros, encendiéndonos ideas envidiosas, etc., no son más que desconcertantes efectos, de la carga que nos traen aquellos que dejaron el cuerpo, con esas mismas ideas en el mal y que nos pasan a nosotros. ¿Y nos vamos a dejar vencer?"

"Hijos queridos, tenemos que tratar de no ser nosotros mismos, quienes con el proceder incorrecto, malos pensamientos y peores sentimientos, atraigamos más carga aún, de la que en sí ya tenemos. Muchas veces dejamos puerta franca a nuestra fiera interior y a malos instintos (por supuesto, aquí no juega la razón sino la ignorancia) y todo ello atrae por afinidad espiritual a iguales ideas que en el espacio están, ocasionándonos un tremendo recargo del mal, con consecuencias imprevisibles. ¡Cuidado hijos!"


Nos encontramos, pues, cargados y perturbados y como no nos acordamos de las enseñanzas de nuestra Madre, no nos aliviamos, y, en consecuencia, no sabemos defendernos."

Decía Nuestra Madre: "Hijos, poneos en recogimiento todo el tiempo que podáis, elevando vuestro pensamiento en Dios para vosotros y para vuestros semejantes, dando lugar al bien para que trabaje y Dios será con vosotros." " Tened confianza en Dios; sed constantes en la práctica del bien y vuestras cargas serán aliviadas."

El Bien hay que ganarlo, cada cual por sus propios medios, entregándonos de cuerpo y alma a Dios, es decir, ni por rezos, ni por ritos, sino por el cumplimiento de las obras de bien, que nos fuera posible realizar, dando lo mejor que podamos de nosotros mismos, y permaneciendo constantes en la práctica de los buenos sentimientos y mejores pensamientos.


Dios quiere que seamos buenos, nobles, justos, sinceros, de sentimientos puros, agradecidos, activos y diligentes, para que podamos elevarnos moral y espiritualmente. Dios no quiere que seamos malos, perversos, innobles, injustos, celosos y desagradecidos, hipócritas, traidores, envidiosos, egoístas y mezquinos, mentirosos y calumniadores, ni falsos con nuestros compromisos morales o materiales; que no toquemos nada que no nos pertenezca, que no seamos aduladores ni fanáticos.

Hijos cumplir la obra, es ante todo, no perjudicar a nadie materialmente, ni con el pensamiento. Ni aún a nuestros enemigos; al contrario, hay que pensar para ayudarlos, aunque sea con nuestros mejores sentimientos y pensamientos. Después, debemos fijarnos que lo que haremos o hayamos hecho, no este causando males o dolores a nadie; ¡Cuidado con la maldad! Decía la Madre: ¡Cuidado con las malas obras, ni con el pensamiento, para que no recaiga sobre vosotros mismos!

Todos nuestros hechos, actos y pensamientos, no se borran jamás: No se pierden y si son malos, van a ser nuestro martirio del mañana.

Cumplir la obra, es ayudar al débil, al pobre, al que sufre la injusticia o infamia de los otros, al que tiene el alma dolorida o el dolor en su cuerpo.

Hay otro cumplimiento que es fundamental: El que es llamado a la obra, tiene que concurrir al Apostolado de su simpatía, a escuchar la palabra de Dios por nuestra Madre, por acto de obediencia a Dios, para instruirse a sí mismo y en bien de ese inmenso mundo espiritual que cada uno lleva consigo, para que se arrepientan y se entreguen a Dios. Esa es la verdadera caridad.

 

 
 
 

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