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DOCTRINA II

por Leonides Armendáriz de Sallaberremborde

 

La Madre María vino al mundo a Enseñar, porque le correspondió, y le dieron el nombre de Madre, porque sabía enjugar las lágrimas de todos los que sufrían, amándonos, y Maestra, porque adquirió todo el conocimiento de las cosas de Díos, en tantas idas y venidas, en distintos y muchos cuerpos llegando a la Pureza, enseñándonos la Verdad, para que, nosotros también podamos llegar a Aquel Grandioso Padre. Lo conseguiremos, si ponemos voluntad para comprender.

Cuando visiten los colegios o templos y escuchen las enseñanzas de la Maestra incansable, no se aprenderá, ni comprenderá en un día o en dos, por más que se repitan las enseñanzas acerca del amor que, sobre todas las cosas debemos a Dios y a nuestros semejantes. Allí van a encontrar la paz para vuestros espíritus, y conocerán al verdadero Dios, que no castiga, que perdona, que no tiene en cuenta los defectos de sus hijos para castigarlos.

Como Ella había llegado a la Pureza, pudo enseñar con la palabra y con el ejemplo: algún día, también nosotros llegaremos a la perfección del espíritu y haremos y obraremos como nuestra Madre, y ese día llegará más pronto, si obedecemos a la Maestra y seguimos sus consejos.

Ella nos decía que existe Dios, que tenemos espíritu, que hay más malo que bueno, que vamos y volvemos muchas veces, tomando distintos cuerpos, más, que no se muere; y explicaba: "Quién esto comprenda, sufra lo que sufra y pase lo que pase o tenga que pasar, no se apartará de Dios y la Madre hasta morir... Y, como no se muere, Nuestra Maestra quería significar que Dios está en todas partes, y que tenemos que llevar la idea y esencia de Dios en nuestros pensamientos y nuestros corazones en todo y cualquier momento, sea bueno o malo, obrando bien, pensando bien, incluso hasta nuestro postrer momento, cuando dejemos el cuerpo, que no es morir, sino simplemente, dejar el cuerpo."

Nuestra Madre nos enseñaba que Dios es una esencia Universal, Pura, de bien: "No es un hombre como los de la tierra, que somos formados a su semejanza y hechura, es decir, eternos como El y de esencias como El. Dios es la esencia que da la vida, pero que jamás la quita; Dios no sabe castigar, pero la ley divina es que castigamos a nosotros mismos, según lo que sembramos, eso cosechamos.


Todo lo creado por Dios es eterno; todo lo formó El, hasta formo el mal para nuestro beneficio; esto último es muy difícil de comprender... ¡Ya comprenderemos! Dios formó todo lo que se ve y lo que no se ve, lo que se sabe y lo que no se sabe aún. Formó el firmamento con el sol, la luna y las estrellas, el mar y la tierra y por último, al hombre y a la mujer con espíritu; y, ¿Quién ha visto un espíritu? El espíritu no se ve porque es una esencia, pero no como la de Dios: "Díos es Pureza, perfección; nosotros tenemos que ir y volver muchas veces para llegar a ser Esencia Pura-Dios. Tenemos, sí, una chispa de aquella Esencia-Dios en nosotros, que es como un brote de bien, pero está envuelta en las rústicas esencias y ese es el motivo, por el cual debemos pasar por tantos y tantos cuerpos. Y... ¿A qué venimos tantas veces al mundo? Venimos a perfeccionar nuestros espíritus, ¿Y cómo se perfecciona el espíritu? Con el sufrimiento, pasando por todos los sinsabores, dolores, odios y rencores, que hemos hecho pasar a nuestros semejantes. Todo esto y mucho más, se aprende en los colegios de la Regeneración de los llamados, elegidos y escogidos que reza la ley de Dios.

Lo principal hijos es: Amar a vuestros semejantes como a nosotros mismos, ayudando siempre al que sufre, sea amigo o enemigo, devolviendo bien por mal. Si podemos ayudar materialmente, debemos hacerlo con el sentimiento más puro de confraternidad, sin ostentación, y si no, ayudar con el pensamiento para pasar la idea al que pueda y tiene para ayudar materialmente, hagamos las obras con amor, con ese cariño de hermanos. No nos llamemos hermanos solamente de nombre, tengamos todo el sentimiento de nobleza que la palabra hermano significa, sin fijarnos si tienen faltas o no, tal como hacía nuestra Madre; si así lo hacemos, veremos cuán hermosa es la vida, y así, cuántas satisfacciones tendremos, a pesar de los problemas que a diario, se nos presentan. Unámonos todos como verdaderos hermanos, sin distinción de clases ni de razas como nos enseñó nuestra Madre. Olvidemos todas las obras buenas que ya hemos hecho y sigamos adelante, pensando en hacer cada día más obras buenas.


Dichosos de los que se prestan para el bien, hermanos queridos. Hay muchas clases de sufrimientos, y si podemos ayudarlos en algo, no les demos la espalda, para que algún día no nos den a nosotros la espalda; escuchemos los ruegos del que nos pide o nos suplica, y démosle una palabra de consuelo y con nuestro pensamiento solicitemos a Dios por la Madre que se le abra un camino; lo que hagamos con Buen sentimiento, como si fuera para nosotros mismos, pero en bien de los demás, es esencia de bien "que nos protege" para que podamos seguir haciendo el bien; es la protección directa de Dios.

La Madre nos enseñaba que en el aire están las esencias de bien y de mal y nosotros con nuestros pensamientos -que es imán- podemos ayudar a nuestros hermanos pidiendo a Dios por la Madre de corazón para ellos.

La verdadera caridad, es aquella que se inspira en el amor a Dios y en el amor al prójimo; es la obra Santa de dar a un semejante lo que buenamente está a nuestro alcance, sin ostentaciones ni humillaciones, sin la idea de que esa buena obra nos sea devuelta, en una palabra, que para ejecutar ese acto a verdadera conciencia, debe hallarse desprovisto de interés.

Dentro de esta Virtud Teologal, sólida base de la sacra doctrina que sigue nuestra Apóstol Madre, existe algo así como una consecuencia de capital importancia, y que no debo omitir, por cuanto en ella va expresada la nobleza del sentimiento humano, y más aún, para aquellos seres que interpretan las sabias enseñanzas y mandamientos de la ley de Díos, y que nuestra Madre nos inculca en sus bien fundadas prédicas: Es el perdón.

El Perdón es la clemencia que tiene su fuente en las buenas almas y las hace disculpar y olvidar las ofensas de toda índole, que los seres apartados del bien les infieren.

Esta palabra, el Perdón que encierra tanta grandeza, nos incita a no guardar rencores, ni odios, para quienes nos han hecho o tratado de hacer daño; por el contrario, devolviendo el bien, por el mal; de esa manera es que se cumple con los preceptos de Dios, y que nuestra Madre nos enseña "Perdonar para ser perdonados."

 

 
 
 

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