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La Madre María vino al mundo
a Enseñar, porque le correspondió, y le dieron el
nombre de Madre, porque sabía enjugar las lágrimas
de todos los que sufrían, amándonos, y Maestra, porque
adquirió todo el conocimiento de las cosas de Díos,
en tantas idas y venidas, en distintos y muchos cuerpos llegando
a la Pureza, enseñándonos la Verdad, para que, nosotros
también podamos llegar a Aquel Grandioso Padre. Lo conseguiremos,
si ponemos voluntad para comprender.

Cuando visiten los colegios o templos y
escuchen las enseñanzas de la Maestra incansable, no se aprenderá,
ni comprenderá en un día o en dos, por más
que se repitan las enseñanzas acerca del amor que, sobre
todas las cosas debemos a Dios y a nuestros semejantes. Allí
van a encontrar la paz para vuestros espíritus, y conocerán
al verdadero Dios, que no castiga, que perdona, que no tiene en
cuenta los defectos de sus hijos para castigarlos.
Como Ella había llegado a la Pureza,
pudo enseñar con la palabra y con el ejemplo: algún
día, también nosotros llegaremos a la perfección
del espíritu y haremos y obraremos como nuestra Madre,
y ese día llegará más pronto, si obedecemos
a la Maestra y seguimos sus consejos.
Ella nos decía que existe Dios, que
tenemos espíritu, que hay más malo que bueno, que
vamos y volvemos muchas veces, tomando distintos cuerpos, más,
que no se muere; y explicaba: "Quién esto comprenda,
sufra lo que sufra y pase lo que pase o tenga que pasar, no se apartará
de Dios y la Madre hasta morir... Y, como no se muere, Nuestra
Maestra quería significar que Dios está en todas partes,
y que tenemos que llevar la idea y esencia de Dios en nuestros pensamientos
y nuestros corazones en todo y cualquier momento, sea bueno o malo,
obrando bien, pensando bien, incluso hasta nuestro postrer momento,
cuando dejemos el cuerpo, que no es morir, sino simplemente, dejar
el cuerpo."
Nuestra Madre nos enseñaba
que Dios es una esencia Universal, Pura, de bien: "No es un
hombre como los de la tierra, que somos formados a su semejanza
y hechura, es decir, eternos como El y de esencias como El. Dios
es la esencia que da la vida, pero que jamás la quita; Dios
no sabe castigar, pero la ley divina es que castigamos a nosotros
mismos, según lo que sembramos, eso cosechamos.
Todo lo creado por Dios es eterno; todo lo
formó El, hasta formo el mal para nuestro beneficio; esto
último es muy difícil de comprender... ¡Ya comprenderemos!
Dios formó todo lo que se ve y lo que no se ve, lo que se
sabe y lo que no se sabe aún. Formó el firmamento
con el sol, la luna y las estrellas, el mar y la tierra y por último,
al hombre y a la mujer con espíritu; y, ¿Quién
ha visto un espíritu? El espíritu no se ve porque
es una esencia, pero no como la de Dios: "Díos es Pureza,
perfección; nosotros tenemos que ir y volver muchas veces
para llegar a ser Esencia Pura-Dios. Tenemos, sí, una chispa
de aquella Esencia-Dios en nosotros, que es como un brote de bien,
pero está envuelta en las rústicas esencias y ese
es el motivo, por el cual debemos pasar por tantos y tantos cuerpos.
Y... ¿A qué venimos tantas veces al mundo? Venimos
a perfeccionar nuestros espíritus, ¿Y cómo
se perfecciona el espíritu? Con el sufrimiento, pasando por
todos los sinsabores, dolores, odios y rencores, que hemos hecho
pasar a nuestros semejantes. Todo esto y mucho más, se aprende
en los colegios de la Regeneración de los llamados, elegidos
y escogidos que reza la ley de Dios.
Lo principal hijos es: Amar a vuestros semejantes
como a nosotros mismos, ayudando siempre al que sufre, sea amigo
o enemigo, devolviendo bien por mal. Si podemos ayudar materialmente,
debemos hacerlo con el sentimiento más puro de confraternidad,
sin ostentación, y si no, ayudar con el pensamiento para
pasar la idea al que pueda y tiene para ayudar materialmente, hagamos
las obras con amor, con ese cariño de hermanos. No nos llamemos
hermanos solamente de nombre, tengamos todo el sentimiento de nobleza
que la palabra hermano significa, sin fijarnos si tienen faltas
o no, tal como hacía nuestra Madre; si así
lo hacemos, veremos cuán hermosa es la vida, y así,
cuántas satisfacciones tendremos, a pesar de los problemas
que a diario, se nos presentan. Unámonos todos como verdaderos
hermanos, sin distinción de clases ni de razas como nos enseñó
nuestra Madre. Olvidemos todas las obras buenas que ya hemos
hecho y sigamos adelante, pensando en hacer cada día más
obras buenas.
Dichosos de los que se prestan para el bien,
hermanos queridos. Hay muchas clases de sufrimientos, y si podemos
ayudarlos en algo, no les demos la espalda, para que algún
día no nos den a nosotros la espalda; escuchemos los ruegos
del que nos pide o nos suplica, y démosle una palabra de
consuelo y con nuestro pensamiento solicitemos a Dios por la Madre
que se le abra un camino; lo que hagamos con Buen sentimiento, como
si fuera para nosotros mismos, pero en bien de los demás,
es esencia de bien "que nos protege" para que podamos
seguir haciendo el bien; es la protección directa de Dios.
La Madre nos enseñaba que en
el aire están las esencias de bien y de mal y nosotros con
nuestros pensamientos -que es imán- podemos ayudar a nuestros
hermanos pidiendo a Dios por la Madre de corazón para
ellos.
La verdadera caridad, es aquella que se inspira
en el amor a Dios y en el amor al prójimo; es la obra Santa
de dar a un semejante lo que buenamente está a nuestro alcance,
sin ostentaciones ni humillaciones, sin la idea de que esa buena
obra nos sea devuelta, en una palabra, que para ejecutar ese acto
a verdadera conciencia, debe hallarse desprovisto de interés.
Dentro de esta Virtud Teologal, sólida
base de la sacra doctrina que sigue nuestra Apóstol Madre,
existe algo así como una consecuencia de capital importancia,
y que no debo omitir, por cuanto en ella va expresada la nobleza
del sentimiento humano, y más aún, para aquellos seres
que interpretan las sabias enseñanzas y mandamientos de la
ley de Díos, y que nuestra Madre nos inculca en sus
bien fundadas prédicas: Es el perdón.
El Perdón es la clemencia que tiene
su fuente en las buenas almas y las hace disculpar y olvidar las
ofensas de toda índole, que los seres apartados del bien
les infieren.
Esta palabra, el Perdón que encierra
tanta grandeza, nos incita a no guardar rencores, ni odios, para
quienes nos han hecho o tratado de hacer daño; por el contrario,
devolviendo el bien, por el mal; de esa manera es que se cumple
con los preceptos de Dios, y que nuestra Madre nos enseña
"Perdonar para ser perdonados."
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